ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
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La importancia de un autor no consiste
tan sólo en el propio valor, sino también,
y en gran parte, en la oportunidad de su
mensaje.

           André Gide, sobre M. de Montaigne

 

Es necesario levantar la máscara tanto
a las cosas como a las personas.

                       Michel de Montaigne

                                                    

El H. Consejo Superior le ha conferido el título de doctor honoris-causa en Filosofía al profesor Rubén Sierra, como reconocimiento público a una vida dedicada al estudio, a la elaboración rigurosa de trabajos fundamentales y a compartir sabiduría, en tanto visión crítica de la cultura, y método de trabajo en la cátedra universitaria y en sus libros. Si intentase caracterizarlo con simplicidad, diría que se trata de un intelectual y un escritor de la mejor estirpe, heredero de tradiciones como las que representaron Bertrand Russell, Isaiah Berlin, Ernst H. Gombrich, Jorge-Luis Borges, y entre nosotros Carlos-Arturo Torres,  Baldomero Sanín-Cano, y la generación de la “Revista Mito”. La Filosofía ha sido su razón de ser en el ejercicio intelectual, con muy amplia formación literaria y en el tampoco fácil terreno de la Estética. Si Borges se llamaba a sí mismo “lector hedónico”, lo es de igual modo este profesor insigne.

Tuve la suerte de acercarme a él, con un pequeño grupo de universitarios en los años sesentas, cuando a su regreso de Alemania con estudios de postgrado, comenzaba en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Caldas, un ejercicio intelectual fervoroso, de rigor y de proyección en la cátedra. Labor que combina con la elaboración de sus ensayos que han ido saliendo de su bien estructurada pluma, con procesos lentos de maduración, hasta conformar hoy una obra maciza de reconocimiento en los medios académicos más exigentes.


Fotografía en "UNperiódico" (Universidad Nacional de Colombia, Bogotá), del 11.VIII.2012

De aquel primerizo vínculo con la Universidad de Caldas, como docente y como decano, quedan sus huellas en la formación de unos jóvenes que devinieron en profesores y escritores. Nuestra Escuela de Filosofía continúa estando favorecida por sus contribuciones: Primero como docente y decano, en aquellos años sesentas, luego en décadas más recientes como impulsor de la maestría, con diseño personal de cursos y seminarios, y actuación periódica en ellos, en especie de puntal imprescindible; circunstancia que ha generado fortaleza que los medios académicos regional y nacional reconocen y valoran. Y continúa presente como conferenciante, director de tesis y asesor voluntario en el postgrado. Su presencia actuante ha sido además útil para atraer personas con talento de diversa procedencia profesional, quienes han encontrado en la Filosofía herramientas para la indagación seria y sostenida, en sus propios campos.

Intelectual que ha sabido conservar la independencia, ajeno a las veleidades del poder y a los dogmatismos. Por el contrario, desde su cátedra y con la vocería pública que ha ejercido con discreción, se ha permitido examinar con cuidado los problemas de la cultura en nuestro tiempo, y en particular de Colombia, para señalar los factores que mantienen en la confusión a una sociedad como la nuestra.

Su forma de expresión más elocuente ha sido el ensayo, un género que tiene asidero en la humanidad desde los tiempos de Michel de Montaigne, y fiel a las maneras de razonar y expresarse, demuestra perfección en las técnicas del idioma, además con la belleza de un estilo que no se deja llevar por los lugares comunes, ni por afectaciones de fácil recurrencia; ella tiene rigor metodológico, propio de la disciplina filosófica, con ritmo y tono para el examen y la meditación inquietante, o provocadora, que suscita la propia reflexión  en discípulos y lectores.

Quizá la primera conferencia que dictó, la promovimos los estudiantes de aquel entonces en el Aula Magna de la Universidad Nacional en Manizales, en la cual compartió informaciones y apreciaciones sobre la universidad alemana, luego recogida, me parece, en la “Revista Eco” que en Bogotá editaba el Señor Buchholz.

El ensayo no es un mero artículo que alguien hace por pasar de largo con opiniones al desgaire. El ensayo requiere ante todo una fuerte formación, con dominio del tema que se va a desarrollar, sobre bases de estudio e identificación de problemas cuyos enunciados ya de suyo comprometen en el rigor intelectual, para desprender de este modo análisis coherentes, con dilucidación de aquellos y sus correspondientes desenlaces o consecuencias.

En sus tiempos de alumno universitario en Bogotá le correspondió conocer, compartir y recibir lecciones de algunos de los inmigrantes europeos que llegaron movidos por las guerras o por la simple curiosidad, en algún caso, de encontrar ocupación. Estaban palpitantes en la vida cultural capitalina el pintor Guillermo Wiedemann, el músico Olav Roots, el crítico de arte Casimiro Eiger, el analista de literaturas Ernesto Volkening, el poeta Antonio de Zubiaurre, el físico Hans Herkrath, el también físico, matemático y pedagogo Carlo Federici, el geógrafo Ernesto Guhl, el filólogo clásico Jouzas Zaranka, el humanista José Prat, el escritor José Caballero-Bonald, el químico Sven Zetelius, el historiador del arte Antonio Begman, el arquitecto Leopoldo Rother, el entomólogo, pintor y ceramista Leopoldo Richter, entre otros. Es indudable que de ese rico ambiente recibió influencias definitivas en su formación.

Si de intelectual se trata, Sierra-Mejía lo ha sido sin aspavientos, pero con asomo público de criterio tempranamente formado, diciendo con claridad de pensamiento e impecable estilo literario, las cosas que otros no dicen por falta de formación o por indiferencia frente a los fenómenos de la cultura en Colombia, ajeno a cualquier tono contestatario o revanchista.  Heredero legítimo de la generación de la “Revista Mito”, aquella que permitió que en Colombia se estableciera el pensamiento y el arte modernos, auncuando todavía no con la generalización que era de esperarse.  Su magisterio ha sido amplificador, con lecciones de libre examen, con base ilustrada y análisis meticuloso. Un ensayo en sus manos casi que no llega a tener punto de culminación, por la búsqueda continua de la precisión y la claridad. La investigación filosófica ha ocupado la parte fundamental de su dedicación académica, con apoyo en destrezas que ha alcanzado en los medios informáticos.

Un intelectual, al igual que un escritor, es o debe serlo, en la mirada de Sierra-Mejía, un continuador de Sócrates, por la dedicación a la vida intensa del pensamiento, con riesgo incluso de la vida para salvaguardar la libertad de pensar. Con agudeza se ha referido en escritos públicos a la manera como los medios manejan temas serios con lenguajes frívolos, ocultando la verdad, o diluyéndola en meros pasatiempos de palabras inocuas. Reivindica la actitud crítica del intelectual, como necesaria en todos los tiempos, con el reconocimiento de un líder moral, bajo aquella característica encomiable de los intelectuales europeos en una vertiente que viene desde el siglo XVIII, o aún antes. Tiene a mano ejemplos en Voltaire, Zola, Russell, Paz, Sábato, Vargas-Llosa, Fuentes, entre europeos y latinoamaricanos, al igual que en algunos otros. Aprecia al escritor, al intelectual, como “un juez inflexible de los acontecimientos que constituyen el cuerpo de problemas de su tiempo”.  Ha hecho llamado por una tarea inmensa de sacar las mentes de su estado de ingenuidad en el que estén frente a los valores establecidos, con sentido perturbador que permita ampliar el horizonte espiritual de la época, rompiendo dogmas para secularizar.

Le reconoce al intelectual, al escritor, en sus palabras, “la función social de proveer a sus contemporáneos de criterios y nuevos valores para la apreciación de los hechos públicos”, preservando la independencia crítica, no como arma de ataque sino como elemento constructivo, con derecho de igual modo al escepticismo, a expresar la duda, con renuncia auto-obligante de los dogmas.

Su ensayo intitulado “Obstáculos a la investigación filosófica en Colombia”, es de tomar en cuenta cada vez que nos aproximemos a comprender las dificultades que se tienen en nuestra patria para el trabajo intelectual. En él los clasifica en tres grandes grupos: obstáculos sociales, institucionales e instrumentales, con las subdivisiones que nos facilitan comprender el conjunto de situaciones restrictivas que han venido limitando un mayor desarrollo de la vida cultural, científica, artística, de pensamiento, en nuestra sociedad.  Sobre la universidad advierte la necesidad que ella tenga voz propia en la nación, sin caer en la extraterritorialidad como interpretación ciega de la autonomía, pero sin depender ideológicamente de los gobiernos, o del estado o de la empresa privada.  Criterio de suyo polémico, pero actual y palpitante, para los tiempos que corren, en los que las universidades de estado han ido perdiendo, desde 1948, presencia e importancia en el país, con preeminencia abrumadora de lo privado, hasta el punto que los gobernantes sienten incomodidad de poner la cara en defensa del carácter público de las universidades de estado, en híbrido de conductas que conducen a seguir privilegiando lo privado sobre lo estatal.

Como pocos filósofos colombianos, Sierra-Mejía ha escudriñado la trayectoria de las obras filosóficas en nuestro país, valorándolas en su justa dimensión y demarcando el comienzo de una tradición que podrá repercutir con posterioridad en la producción de obras trascendentales, de seguirse el proceso que ya viene.  Sus estudios al respecto han tomado en consideración el influjo de las grandes vertientes universales del pensamiento con expresiones en personalidades que han configurado su propio halo de influencia. En especial ha examinado la producción de pensamiento en el siglo XX, con la publicación de selección de ensayos en una antología. De este modo han sido compartidas personalidades hacia las nuevas generaciones, con la visión crítica del compilador, tales como Rafael María Carrasquilla, Miguel Antonio Caro, José Eusebio Caro, Cayetano Betancur, Rafael Carrillo, Danilo Cruz-Vélez, Rafael Gutiérrez-Girardot, Daniel Herrera-Restrepo, Guillermo Hoyos, Luis Eduardo Nieto Arteta, Francisco Posada, Jaime Vélez-Sáenz, Estanislao Zuleta, entre otros. Quizá por razones de cercanía e influencias académicas, ha dedicado mayor trabajo a la obra de Danilo Cruz-Vélez, como se ve a las claras en sus diálogos publicados y en ensayos que ha dedicado al examen de sus contribuciones.

Con penetrante observación, ha señalado características de las obras de filosofía escritas en Colombia: Por un lado, no se han ocupado, en general, de problemas filosóficos, sino de un texto como objeto de estudio; por otra parte, el interés ha estado más en los temas de las grandes corrientes filosóficas que en la metodología, y como consecuencia el trabajo ha confluido en ciertas actitudes escolásticas, con la comprensión del término hacia la “adhesión a un determinado pensamiento y el rechazo a cualquier otro que parezca extraño al pensamiento escogido”.

En especial, el profesor Sierra ha ejercido la investigación, siempre lo hace, con el carácter de rigurosa, sobre personajes de la cultura en Colombia como Carlos-Arturo Torres, de quien preparó su obra con estudio prologal, en tres gruesos volúmenes, entregados ya dos de ellos por la Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo. Al igual ha publicado resultado de investigaciones sobre Baldomero Sanín-Cano y Miguel Antonio Caro. Acerca de este último está por salir un volumen como resultado de su trabajo de seminario en el doctorado de Filosofía de la Universidad Nacional. También avanza en edición un libro sobre “Filosofía y crisis sociales” en colaboración con la Sociedad Colombiana de Filosofía. Y hoy la Universidad de Caldas entrega la edición de su libro “Ensayos impopulares”.

Debo hacer mención en especial de  sus estudios sobre Carlos-Arturo Torres, personaje formado en el positivismo del siglo XIX, cuya vida de 44 años transcurrió a finales del mismo y comienzos del XX, con extremos frutos en los campos de la política, el servicio público, y la letras, autor de Idola Fori, su más celebrada obra. Con su agudo examen lo descubre como heredero, en simultaneidad, de Herbert Spencer y Murillo-Toro. Pacifista en medio de la turbulencia, favorecía la solución negociada en los conflictos armados. Un personaje, por encontrar hoy, que acompañase a la sociedad colombiana con sus luces.

Con también penetrante mirada, el profesor Sierra analiza la obra poética de Torres, tan desconocida y menos valorada que su contribución ensayística, la que le da motivo para mostrar que también en ese campo se mueve con propiedad, estableciendo conexiones e influencias y desprendiendo conclusiones que sorprenden, como por ejemplo cuando descubre dos facetas en la escritura de poesía del personaje, primero como custodio de reglas clásicas en estructuración de rimas y de ritmos, con algunas libertades, en la creación propia y en las versiones de autores como Poe, Heine, Baudelaire, entre otros. Y luego lo identifica como practicante de una literatura de ideas, según el título mismo del discurso de ingreso de Torres a la Academia Colombiana de la Lengua, comprometido con causas sociales, de una realidad sobrecogedora, sin dejar de pertenecer por coetaneidad a la generación modernista, pero lejos de su estética. “El arte puesto al servicio de las eternas aspiraciones humanas, ennoblecido por las grandes ideas”, en palabras de Torres que Sierra recoge del texto de posesión como académico. En la misma poesía, como la teoría que pregonaba, le daba preponderancia a las ideas, al pensamiento, como defensor de la libertad y la tolerancia, además de sus características prominentes en el lenguaje y el sentimiento.

Emparenta la estética que ejerce Torres en sus escritos, con las formulaciones de Aristóteles y Platón, en tanto “la poesía apunta a lo universal”, en el primero, y “el arte es siempre una idealización”, con el segundo. 

Bajo estas características, identifica la poesía de Torres con mayor afinidad a las escuelas del simbolismo y la literatura de ideas, con vínculos indisolubles.

A su vez también le descubre el profesor Sierra, a Torres, la veleidad por el puro goce estético en el libro de éste, dedicado a traducciones que lleva por título “Poemas fantásticos”, el cual califica de “precioso”. Y menciona poemas de su creación, primerizos quizá, donde se hace más evidente “una estética sin propósitos morales y sin intenciones de propaganda ideológica”.

Ese gusto por la poesía, también lo ha hecho evidente el profesor Sierra en ensayos como el prólogo, del que es coautor, de la Antología de Traductores de poesía en Colombia, publicado por la Casa de Poesía Silva en 1999, al igual que en la presentación pública que hizo de una antología de poetas húngaros, El reverso de la luz, del mismo año. En éste, con criterio y sensibilidad, aprecia las traducciones en términos de: “por más fidelidad que pueda reconocérsele, es necesario conformarse con sombras, sin poder mirar de frente el universo de imágenes que esa poesía ofrece”. Y aprovecha para hacer el llamado por los conocimientos y flujos entre culturas, como “la necesidad que tiene una lengua de estar en permanente contacto con otras tradiciones literarias que proporcionen savia nutricia a la propia”, en alusión a Goethe -también lo recuerda- quien advierte de la decadencia de una literatura que no admita participación extranjera.

Una faceta bastante desconocida del profesor Sierra es su reflexión sobre la ciudad. Ciudad que habita, que ha discernido como viajero por los continentes,  ciudades del mundo que las ha recorrido de a pie. Ciudades con nombres de la realidad o de la ficción, o aún sin nombres, aquellas que quedan en el bullicio de la memoria gravitando con una anécdota o con un monumento que no alcanzamos a recordar en todos sus detalles, ni menos en su nombre o simbolismo. Ciudades de los encuentros del camino, de los cafés, de los restaurantes, de los parques, de las grandes avenidas, de los vericuetos seducidos por el misterio, y ciudades de multitudes, especie de masas de la historia, ciudades con salas y plazas de conciertos y de exposiciones, por donde se mueve en sigilo el más alto sentido de la vida.

Los nombres de las ciudades pueden ser Anastasia, Tamara, Despina, Isaura, Fedora, Zenobia, Zobeida, Esmeraldina, Cloe, Olivia, Eudoxia, Eusapia, o Procopia, como en “Las ciudades invisibles”, ese bello libro de Ítalo Calvino. 

Para el profesor Sierra la ciudad tiene un sentido, una finalidad, una oportunidad para el placer, además de ser, las ciudades, grandes concentraciones especiales, desde Atenas y Roma, de las actividades económicas y culturales, con las plazas públicas o el ágora, que dieron paso a la aparición incluso de la filosofía, en encuentros para los diálogos y los debates. En análogo contexto alude a las culturas maya y azteca, para establecer el nexo de siempre entre ciudad y civilización. Rememora la ciudad en el siglo XIX y vincula el pensamiento y la literatura a la vida de la ciudad, como en Baudelaire quien tiene a la ciudad como el escenario de su inspiración múltiple, y a quien califica de “gran teórico de la modernidad”. Vincula autores y obras literarias a ese deambular por las calles, de seres sin nombre, bajo la ambigüedad de los artistas. Recuerda al poeta Carl Sandburg, en su canto a Chicago, al igual que a Rilke en su huidas de la ciudad en un intento siempre fallido de retornar en el tiempo; también a Dostoievski, a Gogol, a Tugueniev, a Brodsky y a Joyce. Pero a su vez recuerda a los nuestros, más cercanos: a Cordovez-Moure en sus Reminiscencias, al López-Michelsen de Los elegidos, a Moreno-Durán en Los caballeros de la invicta, a Mejía-Vallejo en Aire de Tango, a Germán Espinosa por Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas, además a Fernando Vallejo y Jorge Franco, por sus novelas La virgen de los sicarios y Rosario Tijeras, respectivamente, como testimonios creadores de la vida rica y múltiple en la ciudad, y la mayoría de ellas con recreación física de la misma.

En este su discernimiento, recogido en revista del Instituto Distrital de Cultura y Turismo (Bogotá), introduce el concepto de deslealtad frente a las propias tradiciones como activante de los grandes cambios culturales, en el paso de la pequeña a la gran ciudad. Los pueblos pequeños, piensa, conllevan una cohesión proveniente de la religión, la familia y las costumbres, que no permite el surgimiento de la crítica, del  examen libre y abierto que genere dinámicas hacia cambios sustantivos. En la gran ciudad, advierte, “el ciudadano es persona que se separa, que se desarraiga de las tradiciones, que es desleal a aquellas instituciones cohesionadoras”. Aparece la noción: cosmopolitismo, por el encuentro de gentes de diferente origen, con potencialidad para el desarrollo de la individualidad. Con apoyo en Simmel, relaciona la individualidad con las manifestaciones del espíritu, con la presencia activa del hombre [o la mujer] de pensamiento.

Recuerdo, a ese propósito de las urbes, al gran poeta, José Hierro, Premio Cervantes de 1998, quien dice: “... gira la ciudad, irrepetible,/ giramos y giramos hasta morir.”  Como que se quiere significar la dinámica incontenible de la ciudad, donde a velocidades inusitadas transcurren nuestras vidas, entre pisadas que se acumulan en el anonimato, con algunas cúspides humanas que podrán entreverse a la distancia del tiempo por aquellos estudiosos de la historia y del pensamiento, al paso de disidencias y deslealtades que a su vez rompen la monotonía y reconducen procesos de la vida humana en colectividad, sin dejar, en casos singulares, que la acción de “masa” carcoma la conciencia de los artistas, los poetas, los filósofos.

*

Como apartado final, intento una especulación sobre dos categorías que a mi juicio han caracterizado de manera sustantiva la vida y la obra del profesor Rubén Sierra-Mejía: verdad y crítica. Y, para el efecto, echo mano de dos apoyos de entrada, en especie de epígrafes:

La belleza es el resplandor de la verdad.
              Antoni Gaudí

La crítica es la savia de la Filosofía... 
              Karl Popper

 

Tantas cosas que fueron ya no son, y otras que nunca fueron hoy lo son, de alguna manera mañana no lo serán más. Julio Cortázar, lo decía en un poema: “Cada vez somos más los que creemos menos/ en tantas cosas que llenaron nuestras vidas,/....”

La verdad, quizá, es una obstinación por encontrar respuestas, no tanto como consagrarlas o establecerlas de manera definitiva. Lo mutante es una formulación general, y en los cambios estarán las verdades de tránsito. Polos opuestos se dan en la interpretación de lo que ocurre, y en mayor grado los dogmas y fundamentalismos frente al temor de no poder asir en un enunciado  preciso algo que queremos o ambicionamos. La incertidumbre parece ser lo determinante en la vida.

Este panorama suele conducir a la indiferencia o a la desesperanza. Y no es fácil dar sentido a lo que de pronto no lo tiene, o que lo pierde de momento. Verdad sería, entonces, más el camino que la llegada.  Pero a su vez también puede ser estímulo para la aplicación intensa en la búsqueda.

Los diálogos de Platón, con Sócrates como protagonista, son los mejores indicios que la humanidad ha producido en el afán por encontrar formulaciones en tono de interrogantes, más que respuestas certeras.  Y entre ellos está  “El Protágoras”, dedicado a explorar sobre la verdad, a continuar la búsqueda de ideas generales expresables en la forma de conceptos. Común en Sócrates la idea de considerar verdadero lo que a todos les parece verdadero. Una verdad puede confundir a todos y luego aparecerá otro concepto distante que derive en ramificaciones los intentos consecutivos por encontrarla. Pero a su vez la objetividad tiene sus problemas. ¿De qué manera algo que puede verse es realmente percibido como es?  ¿O lo que se palpa y tenemos la sensación de su volumen y de su textura, podrá ser definido o descrito con precisión ?   Precisión como identidad o concordancia entre la alusión y el asunto en si. Antiguas cuestiones no del todo resueltas, y que nos permiten a la luz de hoy simplemente especular.

En algún momento de la intensa controversia que se da entre Protágoras, sofista, y Sócrates, el eterno, en el diálogo “Protágoras o de los sofistas”, Pródico interpone recurso para reclamar que se debe discutir en la cordialidad y no disputar, que es más propio de los enemigos, quienes buscan despedazarse, destruirse.  Pero para Sócrates el asunto es claro: discutir, y no disputar.  Marca una distancia entre el razonamiento que permite ir aclarando cuestiones, por medio de la dialéctica que se escenifica en la discusión, y la rebatiña que conlleva imponer  alguien su parecer, por el dogma y aún por la fuerza física.  Nuestro Sócrates se conserva en el campo del debate, por prolongado que sea, para ir despejando camino hasta de pronto encontrar claridad generalizable en la forma de una verdad.

De por medio está el examen con rigor de los problemas, o el mismo debate con sentido de crítica, es decir, de examen en libertad, sin sujeción a imposiciones de ningún tipo, sobre la base de la información, o de los fundamentos que vayan siendo reconocidos como tales, para poder establecer consecuencias.

El intelectual, que de veras lo es, ha de tener esas características, con la capacidad de someterse al examen público en las controversias que abran espacios para acceder a la verdad, sin cortapisas. Un ambiente o atmósfera cultural de esta naturaleza es la que conviene para la formación de las nuevas generaciones, es decir, por la verdad como búsqueda incesante, y por la crítica, como libre e ilustrado examen de los problemas o de las situaciones, sin aceptar nada que aparezca como dogma o verdad última.

Sócrates busca la verdad en la construcción de razonamientos con los otros, pues él no se siente poseedor de ella. La busca a través de la crítica de las ideas con otros, por el hecho de considerar a los otros como sus iguales, sometidos al mismo esfuerzo en una búsqueda común, es decir, compartida.

El sistema escolar entre nosotros ha establecido la preponderancia de la disputa más que de la discusión. Sócrates en nuestro sistema de formación estaría con un grito continuo, en soledad. Por otra parte, la crítica de las ideas y de las situaciones, permite el avance del conocimiento, e intenta de alguna manera hacer posible la convivencia entre los humanos, sin garantizarla. Las condiciones de posibilidad de la crítica para alcanzar la verdad son anteriores al mismo afán de conquistar la verdad del conocimiento. Albert Einstein, tan actual en sus ideas, reclamaba que para lograr una educación fecunda es siempre indispensable desarrollar en los jóvenes la capacidad de pensamiento crítico independiente.

Apelar en este punto al discurso de Popper sobre la tolerancia, es fundamental, porque ha de ser en el clima de respeto mutuo como puede avanzarse en ese libre examen de las ideas y de las situaciones. Popper, por ejemplo, reclama un papel preponderante del intelectual en nuestro tiempo, para que se reivindique con apremio, en virtud de haber sido el causante de tanto dolor en cientos de años, con ideas, teorías, doctrinas y religiones, que han llevado a cometer asesinatos en masa, y a generar desolación por doquier. Responsabilidad intelectual que apunta al conocimiento y reconocimiento de la verdad, con la idea de objetividad en la convicción de lo falible del ser humano, en tradición comenzada por el presocrático Jenófanes, el del aserto: “Todo no es más que un entramado de conjeturas”.

Circunstancia que nos lleva a la pregunta sobre el porqué entre nosotros el conocimiento no avanza, o lo hace de manera tan discreta o casi imperceptible, al escudriñar en este contexto por el sentido de la verdad y la crítica. Conocimiento en tanto búsqueda de la verdad o de la certeza, en la objetividad o en la subjetividad.  Las nuevas tecnologías facilitan el acceso casi inmediato a la búsqueda del conocimiento, de lo que se da por sentado que se sabe, pero no facultan para acceder a la comprensión, lo que supondría -en lo primero- una igualdad de condiciones para discutir las ideas o las situaciones, ya sea en el campo de las ciencias naturales o en el de las ciencias del espíritu. Pero aún no es así. Continuamos siendo dependientes, retransmisores pasivos de avances e ideas. No alcanzamos todavía el nivel de interlocutores. No discutimos; apenas disputamos, en ofensa permanente a Sócrates. 

La carencia es de modernidad, por la que ha profesado Sierra-Mejía, que aún no se aposenta en forma generalizada en nuestra sociedad, por los dogmatismos imperantes, los de la violencia, los ideológicos, los de la fe ciega. Para facilitar el establecimiento de la modernidad, en forma definitiva y envolvente, habrá que formar a las nuevas generaciones con la idea que existen otros que son distintos de nosotros, cuya voz también vale y que es indispensable tenerla en cuenta. Otros que pueden ser interlocutores como y con nosotros, unos con otros. De esta manera conseguiríamos alguna vez que podamos avanzar juntos por el escabroso camino, sin excluirnos, sin matarnos, para hacerlo más placentero.

De vuelta a Popper, encontramos que esa búsqueda de la verdad con facilidad integra una ética, cuyos fundamentos enuncia en los principios de la capacidad de aceptar que el otro puede tener razón, en la actitud de aclarar sin apasionamiento las razones que puedan caber de un lado y de otro, y en la seguridad que sin ataques personales podremos acercarnos juntos a la verdad y alcanzar acuerdos, concertar. Integración válida que tiene también asidero en la bella formulación ética que hizo Schopenhauer: “No hagas daño a nadie y ayuda lo que puedas”, una síntesis afortunada.

Se trata, como reclamaba Sócrates, de discutir y no de disputar.

*

Me he quedado sin aludir a otros campos de trabajo fundamental del profesor Rubén Sierra, en temas, por ejemplo, como las relaciones entre filosofía y literatura  -Jorge-Luis Borges de por si un gran tema-, y sus ensayos sobre la filosofía analítica. Pero no se trataba de agotar con estos comentarios su obra, la cual da, por su importancia, para promover trabajos de grado y tesis doctorales, lo que sin duda ocurrirá.  Su obra está en plena marcha y nos tiene en deuda, además, con sus lecciones de estética, campo por el cual ha tenido especial vocación y gusto, en resultado de cátedras impartidas con sabiduría y penetrantes análisis.

El profesor Sierra ha tenido bien calibrada la brújula en la continua búsqueda de la verdad y en preservar su talante crítico, en su obra esencial,  bajo la misma convicción de Popper de poder aprender mediante la crítica, es decir, mediante la discusión racional con los demás, pero también mediante la autocrítica, que el profesor Sierra ejerce de manera implacable. 

Y ahora, como es natural, toma la palabra ante tan distinguida audiencia el profesor Rubén Sierra-Mejía, en este escenario propicio del estudiante de la mesa redonda.

Muchas gracias.

 

                      Carlos-Enrique Ruiz

 

Manizales, Universidad de Caldas, Teatro 8 de junio, a 26 de sept. del 2002

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